Pantallas y aplausos

Acabo de hablar por teléfono con un amigo de infancia y, comentando el tiempo de reclusión en el que nos encontramos con motivo de Covid-19, llegamos a pensar que las experiencias más significativas de estos días las podíamos asociar a dos palabras: Pantallas y aplausos. Pantallas, porque nuestras familias y nosotros mismos pasamos al día mirándolas, ya sea por temas de trabajo, disfrute o comunicación. Los aplausos son el punto de referencia comunal a las 8 de la tarde, momento en el que salimos a la ventana para unirnos al coro de palmas del vecindario y agradecer lo que están haciendo los profesionales que arriesgan su vida por ayudarnos.

Nunca hubiéramos pensado que, en un tiempo tan corto, cambiaría tan radicalmente el sentido de estos dos símbolos de nuestro encierro. La vida de las pantallas de ahora se inició hace poco más de un siglo, con el cinematógrafo. Desde el comienzo fueron la insignia de la nueva cultura del ocio que se desarrolló a lo largo del siglo XX. Los aplausos tienen una historia tan antigua como la de la humanidad. En la cultura occidental siempre se consideraron un poderoso medio de comunicación de los grandes espectáculos. Se aplaudía a los héroes de la patria, a los ganadores de los juegos, el trabajo de los autores y actores teatrales o, más tarde, a los toreros valientes, a los mejores atletas.

La sociedad del ocio y el espectáculo, que se generó en el pasado siglo con la sociedad de consumo, está asistiendo a un apagón de luces que nos puede ayudar a repensar nuestra actual realidad marcada por la crisis. Las primeras pantallas fueron, fundamentalmente, un medio de entretenimiento y evasión. Pero pronto aparecieron las estrellas de cine, que representaban personajes arquetipos con estéticas, modas y estilos de vida diferente. Ellas cambiaron nuestras costumbres y nuestro modo de entender la felicidad. De aquella representación ficticia a la realidad de hoy hemos recorrido un largo camino que merece una reflexión.

Pienso que el libro que Guy Debord publicara en 1967 y fue guía de referencia de la revolución del 68, La sociedad del espectáculo, nos puede ayudar a vislumbrar el cambio de sentido que están experimentando en estos días los aplausos y pantallas que nos acompañan. Él, que llegó a pronosticar  que, en las sociedades opulentas, se produciría una espectacularización de la vida, la política, el arte, la cultura y hasta de las mismas emociones, no se hubiera creído lo que vino después. Basta recordar la telebasura, los reality show, los fenómenos de los hinchas y los fans y tantos otros espectáculos poco edificantes, aún recientes en nuestras retinas.

Tampoco imaginó que las pantallas iban a ser un medio para trabajar desde casa o para poder comunicarnos, en vivo y en directo, con la familia cercana a la que el confinamiento no nos permite ver. Gracias a la pantalla de mi móvil consigo estar en el baño nocturno de mi nieta de un año o en la merienda de mis nietos de dos y tres. Gracias a mi ordenador me permito el lujo de asistir a un concierto de la Orquesta Filarmónica de Berlín o ver la película que siempre quise ver y nunca tuve tiempo. Ahora somos nosotros, los de casa, los que decidimos lo que queremos ver conjuntamente en la pantalla de la tele. Y casi nada responde a la programación oficial de ese día.

Los aplausos de las ocho de la tarde nos han vuelto a los orígenes, volvemos a aplaudir a los valientes, a los héroes, esta vez anónimos, que se merecen nuestro aplauso de verdad, no de ficción. Aplaudimos al otro solidario, a la gente corriente que hace cosas buenas por los demás. Hemos dejado de aplaudir al malo de la película y al cara dura de turno que consiguió la fama a través del escándalo, para aplaudir lo positivo de la vida, lo esencial, la vida que tenemos y queremos conservar. Una vida en la que nos sentimos poca cosa y donde las pantallas que miran hacia dentro, hacia nuestra familia, y los aplausos suenan hacia fuera, pensando en los demás, nos ayudan a resistir y ser fuertes. Son las pantallas y los aplausos que nos están haciendo descubrir lo que vale el tiempo, el tiempo irreversible del que queremos guardar memoria y preservar del olvido.

 

Manuel Cuenca Cabeza 19/04/2020

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