Disfrute solidario

 

Paso a paso va llegando el final de la reclusión y, entre miedos y alegrías, volvemos a pisar la calle de siempre como si fuese un lugar extraño que nunca dejamos de añorar. Ya no pensamos en el aburrimiento, hemos apartado a un lado las pantallas y, venciendo la pereza, volvemos a mirar hacia el mañana, ese mañana en tonos grises que se dibuja en el horizonte. A mí me recuerda la situación que se cuenta en la película Juan Nadie (Meet John Doe) que, tan magistralmente, dirigiera  Frank Capra en 1941. El relato, que he vuelto ver hace pocos días, nos sumerge en plena Depresión de 1929, donde una mayoría de personas norteamericanas de clase media estaban sin empleo y con la desesperanza a flor de piel.

John Doe, interpretado Gary Cooper, es el apelativo genérico que se usa en Estados Unidos para ocultar el nombre de alguien, a modo de anónimo. En este caso, podría ser cualquiera de los que sufrían las consecuencias de la depresión. Eso ayudó a que el espectador se identificase con el personaje y la historia que contaba, lo que fue una de las causas de su éxito. La película, que formó parte de la estrategia diseñada por Franklin D. Roosevelt para levantar el ánimo de sus conciudadanos, tiene un mensaje muy sencillo: Los más pequeños actos de cada uno de nosotros son capaces de cambiar la sociedad cuando se orientan hacia el bien y se realizan conjuntamente guiados por el amor. El poder de una población que voluntariamente tienda hacia el bien del otro no tiene límites.

Ya sé que cualquiera que lea este texto dirá que eso es puro idealismo y, desgraciadamente, la vida va por otro lado. Aún así sigo pensando que nuestra realidad depende de nosotros. Hace poco leí el libro de Michael Sandel, Lo que el dinero no puede comprar, y confieso que me identifiqué con buena parte de su pensamiento. Nuestra capacidad para amar o de ser solidarios es interminable, no tiene nada que ver con la oferta y la demanda. Ni el amor ni la solidaridad disminuyen por el uso, más bien se acrecientan. Sandel dice que son como músculos que se desarrollan y fortalecen con el ejercicio. De ahí que el autor apueste por la práctica de estas virtudes para renovar nuestra vida pública. Quisiera añadir que esa práctica también es motivo de disfrute.

No es la primera vez que defiendo el ocio solidario como causa de disfrute, en 2005 escribí un libro sobre ello. El ocio solidario nos permite disfrutar ayudando a los otros, ser capaces de invertir nuestro tiempo libre en hacer algo por alguien que lo necesita, sin pasar minuta alguna, por la satisfacción de hacerlo. El desarrollo de un ocio solidario es signo de calidad humana y de sensibilidad, propio de personas abiertas, conscientes de la responsabilidad y el compromiso, que se unen a proyectos desde la voluntariedad y la libre elección.

Hablo de un disfrute que se hace realidad a través de experiencias solidarias afines al ocio o por medio de vivencias de ayuda relacionadas con la justicia social. La satisfacción que se recibe por ello no tiene límites. Múltiples investigaciones lo confirman. Al salir a la calle y pensar en lo que viene, he creído que era el momento de decírtelo, de invitarte a buscar en tu barrio, tu ciudad o, más cómodo, a través de la web, a alguien a quien unirte para ayudar mañana. Ese mañana que nos está ofreciendo un disfrute solidario y nosotros podemos volverlo a ver de color.

 

Manuel Cuenca Cabeza  23/05/2020

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