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Sobre la experiencia de ocio

Las experiencias de ocio surgen a partir de acciones que hemos seleccionado porque nos gustan, porque nos resultan satisfactorias y placenteras  en sí mismas. Las experiencias de ocio nos sitúan en un ámbito que no está dominado por el deber o la obligación, sino por lo que nos interesa en sí mismo. De ahí que el ocio sea el espacio adecuado para la realización de actos gratuitos, no guiados por finalidades útiles; un ámbito distanciado de las necesidades de subsistencia (comida, bebida, etc.), pero cercano a otro tipo de necesidades humanas igualmente importantes, como lo es disfrutar, saber, obrar, actuar, expresarse o, en definitiva, ser.

El ocio, entendido como experiencia humana, se separa del mero “pasar el rato” y se transforma en una vivencia significativa. Una vivencia integral relacionada con el sentido de la vida y los valores de cada uno. La experiencia de ocio crea ámbitos de relación que pueden ser “re-creativos” o no, lo mismo que pueden ser ocasión de encuentro o desencuentro. El ocio, entendido como experiencia con valor en sí misma, se diferencia de otras vivencias por esta capacidad de sentido y su potencialidad para fomentar el desarrollo personal.

Las experiencias de ocio surgen a partir de acciones que se realizan por ellas mismas, a diferencia del trabajo que se lleva a cabo habitualmente en razón de otros fines. Esto explica la importancia que tienen para quienes las vivencian, independientemente del tipo de actividad que se practique. Así ocurre con la mayor parte de las actividades relacionadas con el arte, el deporte, las manualidades, la jardinería, la lectura, las ocupaciones de ciencia e investigación y otras muchas que adquieren connotaciones de curiosidad, asombro, admiración, juego o reto.

La experiencia de ocio puede experimentarse en distintos ámbitos y dimensiones, pero es la persona, en último término, la que determina si una experiencia es aburrida, gratificante u óptima. Mihaly Csikszentmihalyi señala que, para que una experiencia pueda ser óptima, la persona debe percibir qué quiere y debe hacer algo para conseguirlo. También hemos de ser conscientes de nuestras posibilidades y capacidades. En la experiencia de ocio maduro se establece un diálogo entre lo que queremos hacer y las habilidades que disponemos para llevarlo a cabo. Eso explica que el interés de la experiencia de ocio no esté tanto en el tipo de actividad, sino en los «desafíos» que proporciona a la persona y en el disfrute de su realización.

 

Manuel Cuenca Cabeza, a partir de ideas recogidas en Pedagogía del Ocio: Modelos y Propuestas. Bilbao: Universidad de Deusto (10/09/2019)

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